Hola de nuevo queridos lectores. Nos acercamos a la omega de este intenso curso y, por lo tanto, ésta será mi última reflexión llevada al papel hasta el próximo alfa académico. Antes de comenzar, y si me lo permitís, desearía dedicar esta reflexión a mi madre Mercedes, que ha vivido por todo el mundo las experiencias más emocionantes que jamás nadie haya podido vivir, que siempre ilumina dulcemente mi camino para que nunca me aleje del sendero de la felicidad y haga uso de los valores de lo que yo considere justicia, bondad, solidaridad y cultura, y que nunca jamás deje, por ninguna circunstancia, de perseguir mis sueños, por muy complejos, peculiares o incomprendidos que sean éstos, para ser único, para ser yo mismo. También a mi hermana Abir, en la que veo reflejado el espíritu de la justicia, la bondad y la lucha por un mundo mejor, y que ahora pasa por la dura etapa de la selectividad, en la que le deseo lo mejor para ser la periodista que porte siempre la verdad y que luche con las armas más fuertes que el ser humano posee: la palabra. También le dedico esta reflexión a mi padre Radi, del que aprendí cómo seguir mi propio código de honor y conducta basado en mi propia razón de ser, que me trajo el interés por la lucha intelectual por las causas justas y que me dio fuerzas para seguir adelante, siempre adelante, pero sin olvidar lo que queda atrás, y que ahora lucha en el confín más hostil de la Tierra por una causa justa y para poder seguir, como me enseñó, adelante, siempre adelante.
A raíz de la cíclica, pero también peculiar, situación en la que nos encontramos a estas alturas de curso, y que nos conduce a duras pruebas que pueden llevarnos a la gloria o a septiembre, me pregunto cuál será la clave del éxito en esta vida; cuál será la receta que nos lleva a la victoria vital. Al final de mi indagación personal encuentro dos factores que tienen, a mi parecer, el privilegio de ser los más relevantes: la personalidad y la insistencia. Debemos ser ante todo nosotros mismos, sin importar cómo sea el resto del rebaño humano que nos envuelve, y del que podemos extrapolarnos si utilizamos nuestra fuerza de voluntad y deseo de libertad. El hecho de intentar parecerse a alguien es símbolo de pobreza espiritual o debilidad temporal, es como suicidarse lentamente, se pierde el alma con la que nacemos y el dolor puede ser insoportable.
Pero sólo debemos sentirnos orgullosos si utilizamos nuestra forma de ser para sembrarnos un variado camino en el que tengan cabida diferentes tipos de intereses y pasiones. La mono funcionalidad en el ser humano es inadmisible, todos tenemos, en mayor o menor grado, cierta pasión por la aeronáutica y/o astronáutica, pero no debemos dedicarle todo nuestro tiempo a algo que, a pesar de ser lo principal, no tiene que ser lo único. Podemos creer en otras cosas sin ultrajar el mundo de la aeronáutica, de hecho lo enriqueceríamos con nuevos aires de variedad y vida, porque ¿Qué sentido tiene vivir en un mundo homogéneo, frío y sin más que con un color?
Por eso es importante ramificarse en varias disciplinas manteniendo el tronco, nuestro objetivo principal, y más ahora que se acerca el período estival. Rompamos el cascarón que separa nuestra Escuela del resto del mundo y aprovechemos a ejercitar nuestras habilidades extra profesionales que, de hecho, serán las que nos lleven a recrearnos en nuestra imaginación y voluntad de seguir adelante, la cual se alimenta de razones por las que vivir, por las que seguir soñando, y esas razones nos las proporcionan las situaciones que anhelamos vivir, las sensaciones que nos hacen sentir bien, lo que nos aleja de la tan temida rutina.
Reflexionad sobre ello este verano mientras naveguéis por el Mediterráneo, sobrevoléis alguna costa, caminéis por una tranquila playa, por un mágico sendero en la montaña o por las emocionantes calles de alguna ciudad asiática perdida en el tiempo. No es la aeronáutica la que nos hace ser como somos; somos nosotros los que hacemos que la aeronáutica sea tal y como la conocemos, porque aquellos gigantes que desde pequeños veíamos surcar los cielos o desde los cuales observábamos el mundo desde otra perspectiva y nos parecía magia, todo ello, es producto de nuestra mente, que posee tanto de misterioso como de maravilloso. Quizás lo mejor sería pensar sobre todo esto desde las propias nubes y surcando los cielos de nuestra mente, donde todo se ve desde otra perspectiva.
Pero las decisiones que tomemos sobre nuestras acciones deben tener una esencia, nuestra propia esencia. Por eso nunca olvidéis esto: el conocimiento de la verdad nos hace libres. Libres para poder decidir con criterio, para actuar con causas, para hacer lo que creéis que debéis hacer, lo que coincide con lo que debéis hacer realmente si tenéis conocimiento de causa.
Lo que tiene la vida de emocionante es que nunca se sabe lo nuevo que nos traerá el viento, dónde estaremos el día de mañana, si seremos diferentes; es la incertidumbre que tanto nos intriga y hasta emociona. Lo importante es tener seguridad de que, pase lo que pase, actuaremos como nosotros deseemos, siempre escuchando sugerencias pero sólo tomándolas en cuenta si realmente las valoramos como útiles con nuestro propio criterio.
En mi caso, por ejemplo, no sé cuáles serán mis resultados académicos este año, cuánto tiempo estaré de viaje, si volveré a escribir en esta revista, ni siquiera sé si seguiré vivo; pero lo que tengo claro es que si puedo seguir respirando el aire puro que me da la vida, soñaré, escribiré, viajaré, conoceré gente por todo el mundo y, por supuesto seguiré aprendiendo siempre y actuando en libertad. Por eso, mi consejo para vosotros es que no caigáis en la esclavitud intelectual, no os convirtáis en uno más entre la masa, aquel que acepta sin conocimiento cualquier situación y que es susceptible a ser manejable por los que usan la información para hacer el mal.
Pero esta vital propuesta no sería posible de llevar a cabo si no tuviésemos fe en lo que nos propusiésemos, porque no podemos hacer algo durante más de cinco minutos si no creemos en ello. Y no me refiero solamente a la fe religiosa que uno pueda tener o no, me refiero a un concepto mucho más amplio, a lo que ha movido al ser humano a avanzar en la historia y crear la idea de futuro, me refiero a creer en algo porque pensamos, siempre con nuestro criterio libre, que es importante para el conjunto de la sociedad y, en consecuencia, para nosotros mismos.
Pero este concepto es tan profundo que no podía quedarse sólo en eso, el hecho de creer hace que seamos diferentes porque, aunque podamos coincidir en ciertas cosas, no hay dos personas que, abarcando todos los campos que nos conciernen, crean exactamente en lo mismo. Por lo tanto, y basándome en mi razonamiento anterior sobre la homogeneidad de las masas que no poseen conocimiento suficiente para ser libres, deduzco que éstos grupos de población, que se mueven como el agua de un río cuyo cauce ha sido cavado por los hombres poderosos que creen ser libres, no tienen creencias realmente valiosas, sólo las que les han sido impuestas por la propia sociedad dogmatizadora.
He denominado a aquellos que creen controlar a mucha gente como hombres que creen ser libres, y para afirmar esto me baso en que la verdadera libertad consiste en hacer lo que uno debe, pero no en decir, como mucho sugerir, lo que los demás deben hacer, porque la creencia y experiencia de cada uno le lleva a adquirir el conocimiento de una manera diferente y por lo tanto a actuar de manera distinta.
Lo magnífico de todo esto es que el hecho de ser diferentes provoca que podamos conocer otras formas de pensar y de ese modo enriquecer la nuestra propia. La verdad es como una llama dentro de una lámpara multicolor: cada uno mira la llama desde un cristal de color diferente, pero la llama es siempre la misma, y conviene tener en cuenta esta idea para vivir en tolerancia y en la consecuente y tan deseada paz.
Volviendo al tema de la creencia, que es nuestra propia visión sobre el noúmeno (lo que no se intuye sensitivamente), ésta nos permite aventurarnos en predecir a nuestra manera cosas que no conocemos a ciencia cierta, todo lo que hay detrás de la cortina del desconocimiento que no podemos abrir: hechos que ocurrieron en el pasado o que ocurrirán en el futuro, descripciones sobre lugares alcanzables sólo por nuestra mente, ideas revolucionarias de creación y cambio e incluso sobre sentimientos. Pero la creencia adquiere su valor máximo cuando se trata de creer en qué es lo que nos hace felices, y éste sí es el verdadero final de todos nuestros actos, poder conocer y experimentar la felicidad.
De todos modos hay que tener cuidado con cómo se actúa para hallar la felicidad, porque muchas veces caemos en la tristeza y depresión intentando conseguir todo lo contrario. Esto es debido a que ponemos la felicidad como una meta lejana, algo especial, y no como un sentimiento cotidiano; por eso, y si queremos ser felices continuamente, hay que encontrar la felicidad en las cosas cotidianas, y no en situaciones lejanas y que nos lleven por caminos de angustia, porque en ese momento entraríamos en la peor contradicción en la que se puede caer. Pero este tema es tan profundo e interesante que requeriría otro capítulo de reflexiones, por eso os propongo que en un rato libre en verano reflexionéis sobre ello por vuestro propio bienestar.
Por lo tanto puedo concluir con seguridad que debemos creer con fuerza en las cosas relevantes de nuestra vida, porque, ¿quién sabe?, quizás el verdadero fin de esta vida esté en creer; en creer lo que uno piensa que hay detrás de esa cortina impenetrable que quizás alberga precisamente las cosas en las que creemos justamente porque creemos en ellas, y así las hacemos reales, como aquel sueño aparentemente imposible de poder volar, aquel sueño en el que sólo unos pocos fueron tan valientes de aventurarse al principio y que ahora, gracias a que alguien creyó, el sueño es real. Por eso es importante que cada uno crea con independencia, porque si todos creyésemos en lo mismo, ¡Qué esencia tan pobre sería la de esta vida! Mucha suerte a todos en vuestra vida. Intentad encontrar vuestra propia felicidad y recordad: siempre seguid adelante.
Tariq Al-Marahleh Montes
miércoles, 3 de septiembre de 2008
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