La semana pasada asistí a un curso en la Universidad de Lovaina (Bélgica). Este tipo de actividades tienen un objetivo complementario al de aprender sobre lo que oficialmente se enseña en el curso. Lo que realmente permanece en el subconsciente del alumno y que luego propone como tema de conversación después de su melancólico regreso son las peculiaridades de la zona tales como la cultura popular, el idioma, la gastronomía, la política nacional, las condiciones meteorológicas y un amplio etcétera que se puede extender tanto como el alumno quiera o su capacidad sensitiva de reconocer detalles en lugares ajenos y memorizarlos le permita.
En realidad, lo que los organismos encargados de financiar y organizar estas actividades desean es integrar al alumno en una cultura europea, en una cultura más tolerante y global, sin perder las raíces culturales que nos identifican como ciudadanos de alguna parte. Este objetivo siempre queda más que conseguido debido a que se soluciona el problema que causa la mayor parte de los problemas de integración y aceptación de ciertas culturas en el sistema europeo: el desconocimiento de los rasgos culturales del prójimo.
Si juntamos esta táctica unificadora con el hecho de que todos somos flexibles y abiertos a cualquier tipo de experiencia, obtenemos un resultado, al menos bastante interesante, que a más de uno le quita el miedo a moverse en libertad por el viejo continente en busca de nuevas aventuras académicas o lúdicas.
Pero dentro de todas esas experiencias nuevas resultantes de vivir en un lugar diferente con gente diferente, hay una que no se nos puede escapar por su relevancia indiscutible y que provoca, de manera inmediata, la crítica constructiva del alumno crítico: la experiencia universitaria. Para los que decidimos tomarnos esto de la universidad medianamente en serio, las horas que pasamos en nuestro lugar de trabajo representan la gran mayoría de las veinticuatro que tiene el día, con lo que conocemos casi a la perfección cada rincón y rasgo de nuestra escuela y todos, o casi todos, los puntos débiles de ésta.
Estos puntos son los que más resaltan a la vista del alumno residente, ya que le impiden realizar su trabajo con la comodidad que el quisiera o, al menos, disfrutar de un ambiente idealmente universitario. Este tipo de problemas hay que tratarlos con calma y comprensión, ya que ni existe la universidad perfecta ni existirá nunca debido a que el concepto de algo “perfecto” es intrínseco a cada uno, y cada uno somos un mundo. De todos modos sí hay cosas que se pueden cambiar en beneficio de todos.
Y estos pequeños problemas que encontramos en nuestra escuela los superamos cuando nos adaptamos o acostumbramos al medio de trabajo. Ya no nos parece tan escandaloso lo que antaño pensábamos que era inaceptable, todo se convierte en placer si se hace a menudo.
Pero esa maquinaria mental encargada de recoger críticas sobre el medio se reactiva cuando viajamos a otro lugar donde las cosas ya no son tan parecidas. El primer día de clase en la Universidad de Lovaina no salí de mi asombro al observar aquel maravilloso paraje en el que se encontraba localizada la tan bella y armoniosa universidad. Muros de piedra cercaban un campus que se extendía en un tercio de la pequeña ciudad y que lindaba con ella al Norte, Sur y Este. Dentro de aquel paraíso académico había verdes prados, pequeños bosques señoriales, un río, una fauna variada en libertad y muchos estanques donde descubrir que el hombre está hecho para la naturaleza.
En cuanto a las instalaciones, un castillo que hacía las veces de rectorado presidía la entrada principal, a éste se le sumaban otras construcciones arcaicas que servían de facultades y escuelas, y para aquellas disciplinas que no tuvieran espacio en los lugares históricos se construyeron amplios edificios de piedra y ladrillo, como el gran espacio para los estudiantes, donde éstos podían descansar, almorzar o llevar a cabo diversas actividades culturales.
A todo este alarde de espacio y naturaleza se añaden las cívicas costumbres de los estudiantes de toda Bélgica y Europa que se acercaban a estudiar allí. Todos se movían en bicicleta por el campus y por la ciudad, lloviese o hiciese sol, y todos sonreían inocentemente ajenos al cruel mundo que les rodeaba más allá de los límites de la ciudad. Algo que me llamó mucho la atención es el gran civismo que existe entre los habitantes de Lovaina. Casi no vi coches de policía, ni ningún tipo de trifulcas durante las activas noches de fiesta a la que pocos estudiantes faltaban.
Durante el resto de la semana pudimos descubrir que el tiempo lluvioso le daba un toque de oscuridad a la zona, y que quizás Lovaina estuviera bien para vivir durante un año, pero en mi mente cabía la posibilidad de que una ciudad así se quedase demasiado pequeña para alguien acostumbrado al bullicio de Madrid.
Durante un largo descanso de dos horas entre clase y clase fui a dar un paseo por el campus y me senté cerca del tranquilo y silencioso río. Entonces pensé, ¿por qué no observo este río ni estos prados en mi querida universidad? ¿Por qué el sistema es tan diferente? ¿Por qué no existen medios para vincular a diario a los estudiantes de las distintas escuelas? ¿Por qué la gente no va en bicicleta por Madrid?
Obviamente a esta batería de preguntas le siguió otra que me permitiría seguir pensando y dar una respuesta a todas ellas: ¿Todo esto se podría hacer en Madrid?
En la U.P.M. vivimos en un sistema individualista si hablamos de escuelas. Es la herencia histórica de la tardía formación de nuestra Universidad, que al contrario que otras, fue antecedida por escuelas independientes. La localización de éstas es muy variada, se encuentran dispersas en distintas zonas alejadas entre sí y el campus principal está compartido con la U.C.M., por lo tanto ya descarto la posibilidad de un gran campus universal.
Después pienso en las instalaciones: por la misma razón que antes, cada escuela está construida en una época distinta y de una forma diferente, y no atienden a un patrón de belleza común, por lo que no se puede buscar singularidad en la apariencia física de la U.P.M.
Sobre la naturaleza que rodeaba el campus, eso es algo que no podemos cambiar. Vivimos en un país continuamente amenazado por la sequía y la desertización. No hay solución inmediata, sólo nos queda ser más respetuosos con el medio ambiente.
Después incido en el tema de la forma de ser de los alumnos, sobre el comportamiento de los pupilos se podrían sacar muchas conclusiones, pero ante todo hay que tener presente que las personas somos genotipo y fenotipo, y éste último está muy ligado al medio en el que hemos crecido y vivimos, por lo que no se puede pretender que seamos iguales ni parecidos a nuestros compañeros del norte. Además, Europa perdería su esencia si todos fuésemos parecidos. En este país la gente es más efusiva, más extrovertida, más social, para lo bueno y para lo malo.
Entonces, ¿no podemos cambiar? ¿Seremos así siempre? ¿Dónde está la convergencia europea que tantos años llevamos persiguiendo? ¿Afectará a la universidad? ¿Por qué tanta diferencia bajo una misma bandera? Thomas Paine dijo: “Tenemos el poder necesario para volver a construir el mundo”. Yo no discrepo.
No puedo cerrar esta conclusión sin pensar que un cambio es posible. Incluso las naciones cambian significativamente a lo largo del tiempo conservando sus características más arraigadas. La universidad puede cambiar, pero en un orden, y sobre todo con una conciencia de cambio preparada para los nuevos tiempos que precedan a ese cambio. Pero que nadie se quede sentado esperando a que ese cambio llegue, éste debe emanar de nuestras propias conciencias. Para cambiar lo que vemos primero debemos cambiar lo que sentimos, debemos cambiar el propio concepto de cambio que se tiene en este país.
Se pueden cambiar ciertas costumbres y prejuicios. Que el hecho de trabajar regularmente y negar ciertos placeres para ello no esté mal visto, que el hecho de tener una meta clara, seria y realista no sea razón de crítica destructiva. No se debe criticar a alguien por hacer algo que otros no pueden o no quieren hacer. ¿Alguien se ha preguntado qué pasaría si intentásemos seguir los pasos de las personas innovadoras o que destacan en algo? Entonces no serían casos aislados, se generalizaría el estilo y la voluntad de mejorar y así podríamos dar pasos hacia el futuro.
Debemos sentir que necesitamos cambiar y es necesario saber en qué dirección queremos el cambio. Para tener estos conceptos claros no estaría mal fijarnos en lo que otros ya tienen y pensar si tomar una dirección parecida nos ayudaría o provocaría una involución en la sociedad universitaria.
Por eso abogo por un cambio que active a las personas, que no les haga hacer las cosas por que sí, que les permita analizar y criticar cada paso que dan, que genere una sociedad en la que la gente sea más individual con lo personal y se fije en los demás con un ojo constructivo. Se puede ir en una dirección más comprensiva con todo lo que nos rodea, podemos amar lo que estudiamos para poder defenderlo con fuerza y vivir el conocimiento en vez de cogerlo en nuestras manos como algo frío e indeseable.
Pero el cambio debe salir de dentro, podemos cambiar a nuestra manera, pero porque nosotros lo queramos, porque pensemos que es necesario, porque lo sintamos y de algún modo sepamos que ya no hay marcha atrás, sin tenerle miedo. Dicen que el hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos, y yo siempre me pregunto a qué le tendremos tanto miedo…aunque claro, la ignorancia es la madre del miedo.
Cambiar es necesario, la búsqueda de éste es el fin de nuestra existencia, si no se significa algo para el cambio de nuestro entorno no se vale nada.
Sólo me queda despedirme hasta la próxima con una frase que no podía faltar en la conclusión de este trabajo y que anima a no quedarnos sentados, creada por el famoso filósofo y científico francés Blaise Pascal:
“Ya se han escrito todas las buenas máximas. Sólo falta ponerlas en práctica”
miércoles, 3 de septiembre de 2008
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