Hola de nuevo queridos lectores. Nos acercamos a la omega de este intenso curso y, por lo tanto, ésta será mi última reflexión llevada al papel hasta el próximo alfa académico. Antes de comenzar, y si me lo permitís, desearía dedicar esta reflexión a mi madre Mercedes, que ha vivido por todo el mundo las experiencias más emocionantes que jamás nadie haya podido vivir, que siempre ilumina dulcemente mi camino para que nunca me aleje del sendero de la felicidad y haga uso de los valores de lo que yo considere justicia, bondad, solidaridad y cultura, y que nunca jamás deje, por ninguna circunstancia, de perseguir mis sueños, por muy complejos, peculiares o incomprendidos que sean éstos, para ser único, para ser yo mismo. También a mi hermana Abir, en la que veo reflejado el espíritu de la justicia, la bondad y la lucha por un mundo mejor, y que ahora pasa por la dura etapa de la selectividad, en la que le deseo lo mejor para ser la periodista que porte siempre la verdad y que luche con las armas más fuertes que el ser humano posee: la palabra. También le dedico esta reflexión a mi padre Radi, del que aprendí cómo seguir mi propio código de honor y conducta basado en mi propia razón de ser, que me trajo el interés por la lucha intelectual por las causas justas y que me dio fuerzas para seguir adelante, siempre adelante, pero sin olvidar lo que queda atrás, y que ahora lucha en el confín más hostil de la Tierra por una causa justa y para poder seguir, como me enseñó, adelante, siempre adelante.
A raíz de la cíclica, pero también peculiar, situación en la que nos encontramos a estas alturas de curso, y que nos conduce a duras pruebas que pueden llevarnos a la gloria o a septiembre, me pregunto cuál será la clave del éxito en esta vida; cuál será la receta que nos lleva a la victoria vital. Al final de mi indagación personal encuentro dos factores que tienen, a mi parecer, el privilegio de ser los más relevantes: la personalidad y la insistencia. Debemos ser ante todo nosotros mismos, sin importar cómo sea el resto del rebaño humano que nos envuelve, y del que podemos extrapolarnos si utilizamos nuestra fuerza de voluntad y deseo de libertad. El hecho de intentar parecerse a alguien es símbolo de pobreza espiritual o debilidad temporal, es como suicidarse lentamente, se pierde el alma con la que nacemos y el dolor puede ser insoportable.
Pero sólo debemos sentirnos orgullosos si utilizamos nuestra forma de ser para sembrarnos un variado camino en el que tengan cabida diferentes tipos de intereses y pasiones. La mono funcionalidad en el ser humano es inadmisible, todos tenemos, en mayor o menor grado, cierta pasión por la aeronáutica y/o astronáutica, pero no debemos dedicarle todo nuestro tiempo a algo que, a pesar de ser lo principal, no tiene que ser lo único. Podemos creer en otras cosas sin ultrajar el mundo de la aeronáutica, de hecho lo enriqueceríamos con nuevos aires de variedad y vida, porque ¿Qué sentido tiene vivir en un mundo homogéneo, frío y sin más que con un color?
Por eso es importante ramificarse en varias disciplinas manteniendo el tronco, nuestro objetivo principal, y más ahora que se acerca el período estival. Rompamos el cascarón que separa nuestra Escuela del resto del mundo y aprovechemos a ejercitar nuestras habilidades extra profesionales que, de hecho, serán las que nos lleven a recrearnos en nuestra imaginación y voluntad de seguir adelante, la cual se alimenta de razones por las que vivir, por las que seguir soñando, y esas razones nos las proporcionan las situaciones que anhelamos vivir, las sensaciones que nos hacen sentir bien, lo que nos aleja de la tan temida rutina.
Reflexionad sobre ello este verano mientras naveguéis por el Mediterráneo, sobrevoléis alguna costa, caminéis por una tranquila playa, por un mágico sendero en la montaña o por las emocionantes calles de alguna ciudad asiática perdida en el tiempo. No es la aeronáutica la que nos hace ser como somos; somos nosotros los que hacemos que la aeronáutica sea tal y como la conocemos, porque aquellos gigantes que desde pequeños veíamos surcar los cielos o desde los cuales observábamos el mundo desde otra perspectiva y nos parecía magia, todo ello, es producto de nuestra mente, que posee tanto de misterioso como de maravilloso. Quizás lo mejor sería pensar sobre todo esto desde las propias nubes y surcando los cielos de nuestra mente, donde todo se ve desde otra perspectiva.
Pero las decisiones que tomemos sobre nuestras acciones deben tener una esencia, nuestra propia esencia. Por eso nunca olvidéis esto: el conocimiento de la verdad nos hace libres. Libres para poder decidir con criterio, para actuar con causas, para hacer lo que creéis que debéis hacer, lo que coincide con lo que debéis hacer realmente si tenéis conocimiento de causa.
Lo que tiene la vida de emocionante es que nunca se sabe lo nuevo que nos traerá el viento, dónde estaremos el día de mañana, si seremos diferentes; es la incertidumbre que tanto nos intriga y hasta emociona. Lo importante es tener seguridad de que, pase lo que pase, actuaremos como nosotros deseemos, siempre escuchando sugerencias pero sólo tomándolas en cuenta si realmente las valoramos como útiles con nuestro propio criterio.
En mi caso, por ejemplo, no sé cuáles serán mis resultados académicos este año, cuánto tiempo estaré de viaje, si volveré a escribir en esta revista, ni siquiera sé si seguiré vivo; pero lo que tengo claro es que si puedo seguir respirando el aire puro que me da la vida, soñaré, escribiré, viajaré, conoceré gente por todo el mundo y, por supuesto seguiré aprendiendo siempre y actuando en libertad. Por eso, mi consejo para vosotros es que no caigáis en la esclavitud intelectual, no os convirtáis en uno más entre la masa, aquel que acepta sin conocimiento cualquier situación y que es susceptible a ser manejable por los que usan la información para hacer el mal.
Pero esta vital propuesta no sería posible de llevar a cabo si no tuviésemos fe en lo que nos propusiésemos, porque no podemos hacer algo durante más de cinco minutos si no creemos en ello. Y no me refiero solamente a la fe religiosa que uno pueda tener o no, me refiero a un concepto mucho más amplio, a lo que ha movido al ser humano a avanzar en la historia y crear la idea de futuro, me refiero a creer en algo porque pensamos, siempre con nuestro criterio libre, que es importante para el conjunto de la sociedad y, en consecuencia, para nosotros mismos.
Pero este concepto es tan profundo que no podía quedarse sólo en eso, el hecho de creer hace que seamos diferentes porque, aunque podamos coincidir en ciertas cosas, no hay dos personas que, abarcando todos los campos que nos conciernen, crean exactamente en lo mismo. Por lo tanto, y basándome en mi razonamiento anterior sobre la homogeneidad de las masas que no poseen conocimiento suficiente para ser libres, deduzco que éstos grupos de población, que se mueven como el agua de un río cuyo cauce ha sido cavado por los hombres poderosos que creen ser libres, no tienen creencias realmente valiosas, sólo las que les han sido impuestas por la propia sociedad dogmatizadora.
He denominado a aquellos que creen controlar a mucha gente como hombres que creen ser libres, y para afirmar esto me baso en que la verdadera libertad consiste en hacer lo que uno debe, pero no en decir, como mucho sugerir, lo que los demás deben hacer, porque la creencia y experiencia de cada uno le lleva a adquirir el conocimiento de una manera diferente y por lo tanto a actuar de manera distinta.
Lo magnífico de todo esto es que el hecho de ser diferentes provoca que podamos conocer otras formas de pensar y de ese modo enriquecer la nuestra propia. La verdad es como una llama dentro de una lámpara multicolor: cada uno mira la llama desde un cristal de color diferente, pero la llama es siempre la misma, y conviene tener en cuenta esta idea para vivir en tolerancia y en la consecuente y tan deseada paz.
Volviendo al tema de la creencia, que es nuestra propia visión sobre el noúmeno (lo que no se intuye sensitivamente), ésta nos permite aventurarnos en predecir a nuestra manera cosas que no conocemos a ciencia cierta, todo lo que hay detrás de la cortina del desconocimiento que no podemos abrir: hechos que ocurrieron en el pasado o que ocurrirán en el futuro, descripciones sobre lugares alcanzables sólo por nuestra mente, ideas revolucionarias de creación y cambio e incluso sobre sentimientos. Pero la creencia adquiere su valor máximo cuando se trata de creer en qué es lo que nos hace felices, y éste sí es el verdadero final de todos nuestros actos, poder conocer y experimentar la felicidad.
De todos modos hay que tener cuidado con cómo se actúa para hallar la felicidad, porque muchas veces caemos en la tristeza y depresión intentando conseguir todo lo contrario. Esto es debido a que ponemos la felicidad como una meta lejana, algo especial, y no como un sentimiento cotidiano; por eso, y si queremos ser felices continuamente, hay que encontrar la felicidad en las cosas cotidianas, y no en situaciones lejanas y que nos lleven por caminos de angustia, porque en ese momento entraríamos en la peor contradicción en la que se puede caer. Pero este tema es tan profundo e interesante que requeriría otro capítulo de reflexiones, por eso os propongo que en un rato libre en verano reflexionéis sobre ello por vuestro propio bienestar.
Por lo tanto puedo concluir con seguridad que debemos creer con fuerza en las cosas relevantes de nuestra vida, porque, ¿quién sabe?, quizás el verdadero fin de esta vida esté en creer; en creer lo que uno piensa que hay detrás de esa cortina impenetrable que quizás alberga precisamente las cosas en las que creemos justamente porque creemos en ellas, y así las hacemos reales, como aquel sueño aparentemente imposible de poder volar, aquel sueño en el que sólo unos pocos fueron tan valientes de aventurarse al principio y que ahora, gracias a que alguien creyó, el sueño es real. Por eso es importante que cada uno crea con independencia, porque si todos creyésemos en lo mismo, ¡Qué esencia tan pobre sería la de esta vida! Mucha suerte a todos en vuestra vida. Intentad encontrar vuestra propia felicidad y recordad: siempre seguid adelante.
Tariq Al-Marahleh Montes
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Reflexiones. Por Tariq Al-Marahleh Montes (Abril 2008)
La semana pasada asistí a un curso en la Universidad de Lovaina (Bélgica). Este tipo de actividades tienen un objetivo complementario al de aprender sobre lo que oficialmente se enseña en el curso. Lo que realmente permanece en el subconsciente del alumno y que luego propone como tema de conversación después de su melancólico regreso son las peculiaridades de la zona tales como la cultura popular, el idioma, la gastronomía, la política nacional, las condiciones meteorológicas y un amplio etcétera que se puede extender tanto como el alumno quiera o su capacidad sensitiva de reconocer detalles en lugares ajenos y memorizarlos le permita.
En realidad, lo que los organismos encargados de financiar y organizar estas actividades desean es integrar al alumno en una cultura europea, en una cultura más tolerante y global, sin perder las raíces culturales que nos identifican como ciudadanos de alguna parte. Este objetivo siempre queda más que conseguido debido a que se soluciona el problema que causa la mayor parte de los problemas de integración y aceptación de ciertas culturas en el sistema europeo: el desconocimiento de los rasgos culturales del prójimo.
Si juntamos esta táctica unificadora con el hecho de que todos somos flexibles y abiertos a cualquier tipo de experiencia, obtenemos un resultado, al menos bastante interesante, que a más de uno le quita el miedo a moverse en libertad por el viejo continente en busca de nuevas aventuras académicas o lúdicas.
Pero dentro de todas esas experiencias nuevas resultantes de vivir en un lugar diferente con gente diferente, hay una que no se nos puede escapar por su relevancia indiscutible y que provoca, de manera inmediata, la crítica constructiva del alumno crítico: la experiencia universitaria. Para los que decidimos tomarnos esto de la universidad medianamente en serio, las horas que pasamos en nuestro lugar de trabajo representan la gran mayoría de las veinticuatro que tiene el día, con lo que conocemos casi a la perfección cada rincón y rasgo de nuestra escuela y todos, o casi todos, los puntos débiles de ésta.
Estos puntos son los que más resaltan a la vista del alumno residente, ya que le impiden realizar su trabajo con la comodidad que el quisiera o, al menos, disfrutar de un ambiente idealmente universitario. Este tipo de problemas hay que tratarlos con calma y comprensión, ya que ni existe la universidad perfecta ni existirá nunca debido a que el concepto de algo “perfecto” es intrínseco a cada uno, y cada uno somos un mundo. De todos modos sí hay cosas que se pueden cambiar en beneficio de todos.
Y estos pequeños problemas que encontramos en nuestra escuela los superamos cuando nos adaptamos o acostumbramos al medio de trabajo. Ya no nos parece tan escandaloso lo que antaño pensábamos que era inaceptable, todo se convierte en placer si se hace a menudo.
Pero esa maquinaria mental encargada de recoger críticas sobre el medio se reactiva cuando viajamos a otro lugar donde las cosas ya no son tan parecidas. El primer día de clase en la Universidad de Lovaina no salí de mi asombro al observar aquel maravilloso paraje en el que se encontraba localizada la tan bella y armoniosa universidad. Muros de piedra cercaban un campus que se extendía en un tercio de la pequeña ciudad y que lindaba con ella al Norte, Sur y Este. Dentro de aquel paraíso académico había verdes prados, pequeños bosques señoriales, un río, una fauna variada en libertad y muchos estanques donde descubrir que el hombre está hecho para la naturaleza.
En cuanto a las instalaciones, un castillo que hacía las veces de rectorado presidía la entrada principal, a éste se le sumaban otras construcciones arcaicas que servían de facultades y escuelas, y para aquellas disciplinas que no tuvieran espacio en los lugares históricos se construyeron amplios edificios de piedra y ladrillo, como el gran espacio para los estudiantes, donde éstos podían descansar, almorzar o llevar a cabo diversas actividades culturales.
A todo este alarde de espacio y naturaleza se añaden las cívicas costumbres de los estudiantes de toda Bélgica y Europa que se acercaban a estudiar allí. Todos se movían en bicicleta por el campus y por la ciudad, lloviese o hiciese sol, y todos sonreían inocentemente ajenos al cruel mundo que les rodeaba más allá de los límites de la ciudad. Algo que me llamó mucho la atención es el gran civismo que existe entre los habitantes de Lovaina. Casi no vi coches de policía, ni ningún tipo de trifulcas durante las activas noches de fiesta a la que pocos estudiantes faltaban.
Durante el resto de la semana pudimos descubrir que el tiempo lluvioso le daba un toque de oscuridad a la zona, y que quizás Lovaina estuviera bien para vivir durante un año, pero en mi mente cabía la posibilidad de que una ciudad así se quedase demasiado pequeña para alguien acostumbrado al bullicio de Madrid.
Durante un largo descanso de dos horas entre clase y clase fui a dar un paseo por el campus y me senté cerca del tranquilo y silencioso río. Entonces pensé, ¿por qué no observo este río ni estos prados en mi querida universidad? ¿Por qué el sistema es tan diferente? ¿Por qué no existen medios para vincular a diario a los estudiantes de las distintas escuelas? ¿Por qué la gente no va en bicicleta por Madrid?
Obviamente a esta batería de preguntas le siguió otra que me permitiría seguir pensando y dar una respuesta a todas ellas: ¿Todo esto se podría hacer en Madrid?
En la U.P.M. vivimos en un sistema individualista si hablamos de escuelas. Es la herencia histórica de la tardía formación de nuestra Universidad, que al contrario que otras, fue antecedida por escuelas independientes. La localización de éstas es muy variada, se encuentran dispersas en distintas zonas alejadas entre sí y el campus principal está compartido con la U.C.M., por lo tanto ya descarto la posibilidad de un gran campus universal.
Después pienso en las instalaciones: por la misma razón que antes, cada escuela está construida en una época distinta y de una forma diferente, y no atienden a un patrón de belleza común, por lo que no se puede buscar singularidad en la apariencia física de la U.P.M.
Sobre la naturaleza que rodeaba el campus, eso es algo que no podemos cambiar. Vivimos en un país continuamente amenazado por la sequía y la desertización. No hay solución inmediata, sólo nos queda ser más respetuosos con el medio ambiente.
Después incido en el tema de la forma de ser de los alumnos, sobre el comportamiento de los pupilos se podrían sacar muchas conclusiones, pero ante todo hay que tener presente que las personas somos genotipo y fenotipo, y éste último está muy ligado al medio en el que hemos crecido y vivimos, por lo que no se puede pretender que seamos iguales ni parecidos a nuestros compañeros del norte. Además, Europa perdería su esencia si todos fuésemos parecidos. En este país la gente es más efusiva, más extrovertida, más social, para lo bueno y para lo malo.
Entonces, ¿no podemos cambiar? ¿Seremos así siempre? ¿Dónde está la convergencia europea que tantos años llevamos persiguiendo? ¿Afectará a la universidad? ¿Por qué tanta diferencia bajo una misma bandera? Thomas Paine dijo: “Tenemos el poder necesario para volver a construir el mundo”. Yo no discrepo.
No puedo cerrar esta conclusión sin pensar que un cambio es posible. Incluso las naciones cambian significativamente a lo largo del tiempo conservando sus características más arraigadas. La universidad puede cambiar, pero en un orden, y sobre todo con una conciencia de cambio preparada para los nuevos tiempos que precedan a ese cambio. Pero que nadie se quede sentado esperando a que ese cambio llegue, éste debe emanar de nuestras propias conciencias. Para cambiar lo que vemos primero debemos cambiar lo que sentimos, debemos cambiar el propio concepto de cambio que se tiene en este país.
Se pueden cambiar ciertas costumbres y prejuicios. Que el hecho de trabajar regularmente y negar ciertos placeres para ello no esté mal visto, que el hecho de tener una meta clara, seria y realista no sea razón de crítica destructiva. No se debe criticar a alguien por hacer algo que otros no pueden o no quieren hacer. ¿Alguien se ha preguntado qué pasaría si intentásemos seguir los pasos de las personas innovadoras o que destacan en algo? Entonces no serían casos aislados, se generalizaría el estilo y la voluntad de mejorar y así podríamos dar pasos hacia el futuro.
Debemos sentir que necesitamos cambiar y es necesario saber en qué dirección queremos el cambio. Para tener estos conceptos claros no estaría mal fijarnos en lo que otros ya tienen y pensar si tomar una dirección parecida nos ayudaría o provocaría una involución en la sociedad universitaria.
Por eso abogo por un cambio que active a las personas, que no les haga hacer las cosas por que sí, que les permita analizar y criticar cada paso que dan, que genere una sociedad en la que la gente sea más individual con lo personal y se fije en los demás con un ojo constructivo. Se puede ir en una dirección más comprensiva con todo lo que nos rodea, podemos amar lo que estudiamos para poder defenderlo con fuerza y vivir el conocimiento en vez de cogerlo en nuestras manos como algo frío e indeseable.
Pero el cambio debe salir de dentro, podemos cambiar a nuestra manera, pero porque nosotros lo queramos, porque pensemos que es necesario, porque lo sintamos y de algún modo sepamos que ya no hay marcha atrás, sin tenerle miedo. Dicen que el hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos, y yo siempre me pregunto a qué le tendremos tanto miedo…aunque claro, la ignorancia es la madre del miedo.
Cambiar es necesario, la búsqueda de éste es el fin de nuestra existencia, si no se significa algo para el cambio de nuestro entorno no se vale nada.
Sólo me queda despedirme hasta la próxima con una frase que no podía faltar en la conclusión de este trabajo y que anima a no quedarnos sentados, creada por el famoso filósofo y científico francés Blaise Pascal:
“Ya se han escrito todas las buenas máximas. Sólo falta ponerlas en práctica”
En realidad, lo que los organismos encargados de financiar y organizar estas actividades desean es integrar al alumno en una cultura europea, en una cultura más tolerante y global, sin perder las raíces culturales que nos identifican como ciudadanos de alguna parte. Este objetivo siempre queda más que conseguido debido a que se soluciona el problema que causa la mayor parte de los problemas de integración y aceptación de ciertas culturas en el sistema europeo: el desconocimiento de los rasgos culturales del prójimo.
Si juntamos esta táctica unificadora con el hecho de que todos somos flexibles y abiertos a cualquier tipo de experiencia, obtenemos un resultado, al menos bastante interesante, que a más de uno le quita el miedo a moverse en libertad por el viejo continente en busca de nuevas aventuras académicas o lúdicas.
Pero dentro de todas esas experiencias nuevas resultantes de vivir en un lugar diferente con gente diferente, hay una que no se nos puede escapar por su relevancia indiscutible y que provoca, de manera inmediata, la crítica constructiva del alumno crítico: la experiencia universitaria. Para los que decidimos tomarnos esto de la universidad medianamente en serio, las horas que pasamos en nuestro lugar de trabajo representan la gran mayoría de las veinticuatro que tiene el día, con lo que conocemos casi a la perfección cada rincón y rasgo de nuestra escuela y todos, o casi todos, los puntos débiles de ésta.
Estos puntos son los que más resaltan a la vista del alumno residente, ya que le impiden realizar su trabajo con la comodidad que el quisiera o, al menos, disfrutar de un ambiente idealmente universitario. Este tipo de problemas hay que tratarlos con calma y comprensión, ya que ni existe la universidad perfecta ni existirá nunca debido a que el concepto de algo “perfecto” es intrínseco a cada uno, y cada uno somos un mundo. De todos modos sí hay cosas que se pueden cambiar en beneficio de todos.
Y estos pequeños problemas que encontramos en nuestra escuela los superamos cuando nos adaptamos o acostumbramos al medio de trabajo. Ya no nos parece tan escandaloso lo que antaño pensábamos que era inaceptable, todo se convierte en placer si se hace a menudo.
Pero esa maquinaria mental encargada de recoger críticas sobre el medio se reactiva cuando viajamos a otro lugar donde las cosas ya no son tan parecidas. El primer día de clase en la Universidad de Lovaina no salí de mi asombro al observar aquel maravilloso paraje en el que se encontraba localizada la tan bella y armoniosa universidad. Muros de piedra cercaban un campus que se extendía en un tercio de la pequeña ciudad y que lindaba con ella al Norte, Sur y Este. Dentro de aquel paraíso académico había verdes prados, pequeños bosques señoriales, un río, una fauna variada en libertad y muchos estanques donde descubrir que el hombre está hecho para la naturaleza.
En cuanto a las instalaciones, un castillo que hacía las veces de rectorado presidía la entrada principal, a éste se le sumaban otras construcciones arcaicas que servían de facultades y escuelas, y para aquellas disciplinas que no tuvieran espacio en los lugares históricos se construyeron amplios edificios de piedra y ladrillo, como el gran espacio para los estudiantes, donde éstos podían descansar, almorzar o llevar a cabo diversas actividades culturales.
A todo este alarde de espacio y naturaleza se añaden las cívicas costumbres de los estudiantes de toda Bélgica y Europa que se acercaban a estudiar allí. Todos se movían en bicicleta por el campus y por la ciudad, lloviese o hiciese sol, y todos sonreían inocentemente ajenos al cruel mundo que les rodeaba más allá de los límites de la ciudad. Algo que me llamó mucho la atención es el gran civismo que existe entre los habitantes de Lovaina. Casi no vi coches de policía, ni ningún tipo de trifulcas durante las activas noches de fiesta a la que pocos estudiantes faltaban.
Durante el resto de la semana pudimos descubrir que el tiempo lluvioso le daba un toque de oscuridad a la zona, y que quizás Lovaina estuviera bien para vivir durante un año, pero en mi mente cabía la posibilidad de que una ciudad así se quedase demasiado pequeña para alguien acostumbrado al bullicio de Madrid.
Durante un largo descanso de dos horas entre clase y clase fui a dar un paseo por el campus y me senté cerca del tranquilo y silencioso río. Entonces pensé, ¿por qué no observo este río ni estos prados en mi querida universidad? ¿Por qué el sistema es tan diferente? ¿Por qué no existen medios para vincular a diario a los estudiantes de las distintas escuelas? ¿Por qué la gente no va en bicicleta por Madrid?
Obviamente a esta batería de preguntas le siguió otra que me permitiría seguir pensando y dar una respuesta a todas ellas: ¿Todo esto se podría hacer en Madrid?
En la U.P.M. vivimos en un sistema individualista si hablamos de escuelas. Es la herencia histórica de la tardía formación de nuestra Universidad, que al contrario que otras, fue antecedida por escuelas independientes. La localización de éstas es muy variada, se encuentran dispersas en distintas zonas alejadas entre sí y el campus principal está compartido con la U.C.M., por lo tanto ya descarto la posibilidad de un gran campus universal.
Después pienso en las instalaciones: por la misma razón que antes, cada escuela está construida en una época distinta y de una forma diferente, y no atienden a un patrón de belleza común, por lo que no se puede buscar singularidad en la apariencia física de la U.P.M.
Sobre la naturaleza que rodeaba el campus, eso es algo que no podemos cambiar. Vivimos en un país continuamente amenazado por la sequía y la desertización. No hay solución inmediata, sólo nos queda ser más respetuosos con el medio ambiente.
Después incido en el tema de la forma de ser de los alumnos, sobre el comportamiento de los pupilos se podrían sacar muchas conclusiones, pero ante todo hay que tener presente que las personas somos genotipo y fenotipo, y éste último está muy ligado al medio en el que hemos crecido y vivimos, por lo que no se puede pretender que seamos iguales ni parecidos a nuestros compañeros del norte. Además, Europa perdería su esencia si todos fuésemos parecidos. En este país la gente es más efusiva, más extrovertida, más social, para lo bueno y para lo malo.
Entonces, ¿no podemos cambiar? ¿Seremos así siempre? ¿Dónde está la convergencia europea que tantos años llevamos persiguiendo? ¿Afectará a la universidad? ¿Por qué tanta diferencia bajo una misma bandera? Thomas Paine dijo: “Tenemos el poder necesario para volver a construir el mundo”. Yo no discrepo.
No puedo cerrar esta conclusión sin pensar que un cambio es posible. Incluso las naciones cambian significativamente a lo largo del tiempo conservando sus características más arraigadas. La universidad puede cambiar, pero en un orden, y sobre todo con una conciencia de cambio preparada para los nuevos tiempos que precedan a ese cambio. Pero que nadie se quede sentado esperando a que ese cambio llegue, éste debe emanar de nuestras propias conciencias. Para cambiar lo que vemos primero debemos cambiar lo que sentimos, debemos cambiar el propio concepto de cambio que se tiene en este país.
Se pueden cambiar ciertas costumbres y prejuicios. Que el hecho de trabajar regularmente y negar ciertos placeres para ello no esté mal visto, que el hecho de tener una meta clara, seria y realista no sea razón de crítica destructiva. No se debe criticar a alguien por hacer algo que otros no pueden o no quieren hacer. ¿Alguien se ha preguntado qué pasaría si intentásemos seguir los pasos de las personas innovadoras o que destacan en algo? Entonces no serían casos aislados, se generalizaría el estilo y la voluntad de mejorar y así podríamos dar pasos hacia el futuro.
Debemos sentir que necesitamos cambiar y es necesario saber en qué dirección queremos el cambio. Para tener estos conceptos claros no estaría mal fijarnos en lo que otros ya tienen y pensar si tomar una dirección parecida nos ayudaría o provocaría una involución en la sociedad universitaria.
Por eso abogo por un cambio que active a las personas, que no les haga hacer las cosas por que sí, que les permita analizar y criticar cada paso que dan, que genere una sociedad en la que la gente sea más individual con lo personal y se fije en los demás con un ojo constructivo. Se puede ir en una dirección más comprensiva con todo lo que nos rodea, podemos amar lo que estudiamos para poder defenderlo con fuerza y vivir el conocimiento en vez de cogerlo en nuestras manos como algo frío e indeseable.
Pero el cambio debe salir de dentro, podemos cambiar a nuestra manera, pero porque nosotros lo queramos, porque pensemos que es necesario, porque lo sintamos y de algún modo sepamos que ya no hay marcha atrás, sin tenerle miedo. Dicen que el hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos, y yo siempre me pregunto a qué le tendremos tanto miedo…aunque claro, la ignorancia es la madre del miedo.
Cambiar es necesario, la búsqueda de éste es el fin de nuestra existencia, si no se significa algo para el cambio de nuestro entorno no se vale nada.
Sólo me queda despedirme hasta la próxima con una frase que no podía faltar en la conclusión de este trabajo y que anima a no quedarnos sentados, creada por el famoso filósofo y científico francés Blaise Pascal:
“Ya se han escrito todas las buenas máximas. Sólo falta ponerlas en práctica”
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