Todos los alumnos de este país llegamos a la universidad acostumbrados a seguir una rutina de asistencia a clase y trabajo continuo durante todo el período académico. Este método resulta bastante productivo durante el período académico preuniversitario si se sigue como dictan las normas académicas, que más tarde se convierten en morales, sobretodo si llevan un seguimiento por parte del personal docente encargado de evaluar al alumno.
El dilema llega cuando nos encontramos con el sistema educativo que actualmente, y ya no por mucho más tiempo, rige el sistema universitario. Por supuesto que si el éxito se anhela tanto que se asimila como algo personal y necesario nos veremos moralmente obligados a asistir a todas las clases y a llevar a cabo un trabajo diario dosificado según las necesidades y capacidades de cada alumno, pero, ¿Qué ocurre cuando ese método extremadamente mecánico y tradicional en nuestras vidas ya no es suficiente para aprobar? ¿Qué ocurre cuando nos encontramos perdidos en una o varias materias y no tenemos tiempo de encontrarnos en horario extraescolar?
Para pupilos primerizos en vivir esta frustrante experiencia es desconcertante ver pasar una asignatura sin tiempo a reaccionar ante sus inocentes ojos con el fatal y consecuente desenlace. Las causas por las que esto ocurre dependen de las circunstancias del alumno y son tan variadas como las formas de reaccionar de éste.
Puede que el alumno haya intentado ser académicamente correcto y responsable y haya vagado por los laberintos del conocimiento sin rumbo o puede que haya hecho un alarde de amor propio y haya vagueado y frecuentado los caminos de la perdición. Desgraciadamente en cualquier caso el resultado es el mismo.
La reacción del alumno depende de su forma de ser, de su trayectoria vital y de su educación. El sujeto puede plantearse abandonar la carrera cual soldado derrotado que se ve moralmente obligado a acabar con su vida, puede pensar en afrontar la carrera con el inmaduro valor que probablemente le llevará a la más indigna de las derrotas.
Pero existe otro tipo de sujeto, que, quizás por su madurez derivada de otras derrotas, quizás por dejarse aconsejar por los más sabios o quizás por ambas cosas decide afrontar su futuro con inteligencia y picardía en un intento apresurado, que no desesperado, de buscar la luz al final del
túnel y paso a paso llegar a la meta que una vez vio muy lejos y a la que le llevó su cabeza fría y calculadora, en el buen sentido de la expresión.
La clave de la victoria es, entre otras cosas, el hecho de querer asesinar vilmente a la siempre traicionera soberbia. El pensamiento más modesto es el que acaba triunfando, llevándonos a surcar los cielos del triunfo personal. El alumno tiende a culpar a terceras personas de su propia derrota, y eso no hace más que sumirle en un pozo oscuro y sin fondo del que sólo él mismo
podrá salir. En todo mi período universitario no he conocido ni a un solo profesor que desease la derrota de sus alumnos, lo peor que he llegado a ver es a alguno que estuviese, a mi juicio, algo desacertado en sus métodos, pero no en su voluntad. De todas formas, y aunque suene raro, también se puede pecar de poseer poca soberbia y de esa forma autodestruirnos constantemente con depresiones interminables que no llevan a ninguna parte.
Y cuando uno ha adquirido la buena voluntad de seguir adelante, ¿qué hacer? La respuesta no es fácil, ya que el hecho de estudiar a secas no soluciona muchas cosas. Hay que estudiar con inteligencia. El hecho de asistir a una clase para que nuestra quemada mente no capte ni un ápice de los conceptos a adquirir no es productivo y, por lo tanto, como ingenieros debemos desecharlo.
Ahora bien, esto no implica el perder ese muy valioso tiempo en hacer pelotas de papel con él y tirarlo a la basura, sino aprovecharlo recuperando una clase anterior o intentando asimilar por nuestra cuenta esos conceptos que podríamos adquirir de manera más eficaz en soledad que en
clase, y eso depende de cada uno. Más tarde las tutorías sellarán esas fisuras conceptuales que nos queden. Así además les haremos un gran favor a los profesores que tanto desean ser visitados en sus tutorías. Para el que se decida por esta opción, está en su derecho, pero debe tener cuidado, ya que otro pecado capital acecha: la pereza. El deber es el deber, y aunque no
haya nadie para exigirnos nuestras tareas diarias debemos organizarnos para no perder el tiempo, y así disfrutar más de él.
Esta planificación siempre debe hacerse estableciendo unos márgenes de seguridad que variarán en función de cada uno, ya que lo planificado originalmente nunca se verá reflejado en la realidad como en el papel. Otro capítulo a tener en cuenta con esta metodología personal es el de los amigos, o mejor dicho “amigos”, que a veces y sin quererlo pueden resultar nuestros peores enemigos.
Ante todo en esta vida hay que
ser individual con lo personal y social con
lo demás, así que el horario es el horario, y
sólo nuestra fortaleza personal determinará
si se cumple o no. Dicha fortaleza puede
ejercitarse, no es innata.
Para ir concluyendo esta poco profunda, pero quizás de buena utilidad, reflexión, me gustaría aclarar el delicado tema de la relación profesor/a-alumno/a, cuyo estado ideal nadie busca y todos se quedan a medias. La relación debe estar basada en el respeto, pero no el miedo, y
cuando el alumno aprenda la diferencia entre ambas cosas habrá logrado entender una parte importante del código socioeducativo.
Muchos alumnos tienen miedo a sus
profesores y eso les lleva a no preguntar en
clase, a no asistir a tutorías, a no saludar
por los pasillos, etc. Y yo me pregunto,
¿miedo de qué? Después de una pasada
rápida a varias opiniones de alumnos creo
estar e lo cierto cuando afirmo que ese miedo
es naturalmente infundido por el subconsciente
del alumno cuando se ve en la
situación típica en una clase: cien alumnos
sentados todos juntos y arriba, sobre la
tarima, un profesor, un ser superior e inalcanzable
coronado por una circunferencia
brillante.
Cuando uno es nuevo en esto de
la universidad es hasta comprensible, pero
cuando ya se tiene cierta experiencia es
inadmisible.
¿Es que el alumno no encuentra un
término medio entre el miedo y el compañerismo?
La verdad, yo creo que no es tan
difícil. Se llama respeto. Para el que todavía
no se haya enterado, consiste en una relación
con alguien superior, igual o inferior
en un área de conocimiento escuchando sus
ideas, opiniones o explicaciones y debatiéndolas
en caso de que crea que puede hacerlo.
En el caso de la relación alumno profesor
no recomiendo lo segundo.
Por lo tanto si uno se ve afligido por
el sistema universitario actual lo que debe
hacer es sentarse y pensar durante cinco
minutos qué es lo que quiere, cómo lo quiere
y si lo que ha pensado es viable. Son tres
pasos no muy difíciles de seguir.
Por lo tanto, a ese alumno que piensa
que debe seguir adelante cambiando su
metodología y argumentando una nueva le
digo: adelante. A ese alumno que piensa
que debe ir a por todas con la misma metodología
seguida antes de su derrota le digo:
para, piensa, tranquilo, Roma no se construyó
en un día.
Y finalmente, a aquel alumno que no desee seguir adelante, que
piense que ya todo lo tiene perdido y que
por mucho que buscase no encontraría la
luz al final del túnel le digo: piénsalo dos
veces, porque la luz, aunque no la veas, está.
lunes, 3 de marzo de 2008
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